Quiero tenerte a mi lado porque tú endulzas mi vida, le das sentido y la llenas por completo. Cuando te miro a los ojos tengo la sensación de estar mirando algo más. Quizás sea esa la mirada que delata a tu alma y provoque que comience a hablar por sí sola. Me detengo en tus labios y contemplo la forma que toman cuando se mueven estando yo cerca, esa forma que dice y expresa mediante gestos su total dulzura, esa dulzura que tanto me atrae y me cautiva, y que gracias a dios tengo la posibilidad de probar. Suspiro contento de que mi mundo sea tan perfecto, de que cuando estoy contigo, parece que soy un Sol, un Sol genial, único, que puede ser capaz de derretir los polos, pero que sin embargo no seca el agua. Cuando te beso parece que bebo de la copa dorada de la inmortalidad, obteniendo así el gran elixir de la vida. Tus manos son tan suaves como el pétalo de una rosa, tan espléndidos como el brillo del resplandor, tan bondadosas como la misma bondad, y son tus manos las que sujetan mi corazón. Es tu aliento el mismo que yo respiro, porque también es el mío. Es tu cuerpo el que me da placer, tu cuerpo que, en días fríos, cuando el hielo está en todas partes, logra crear un clima cálido y placentero. Prométeme que las puertas de tu alma siempre permanecerán abiertas para mí, prométeme que dejarás de quererme cuando el viento pare de soplar, cuando el fuego deje de calentarnos. Prométeme tus caricias, tus besos, tus abrazos, tu sonrisa y el sonido de tu voz. Prométeme que si algún día nos alejamos, me seguirás queriendo, que si nos separamos echarás atrás el tiempo y me buscarás. Yo te prometo mi amor, te prometo el universo, la pasión, la dulzura, lo seguro, lo real, te prometo con mi sangre que te brindaré la magia de mi cuerpo. Pero nunca, mi amor, me uses de idioma extraño, que nunca entenderá tu lengua, nunca crees tempestades que inunden mi corazón, no permitas que me ahogue en mi propio llanto de niño, no empañes la forma que tengo de ver las cosas, y nunca me hieras o me traiciones, porque, mi amor, me moriría antes de que la muerte toque a mi puerta, mucho antes de poder preguntar ¿Por qué? Antes de probar la manzana envenenada, antes de que la soga toque mi cuello y tus disculpas no servirán, porque a pesar de haberme muerto y de haber llegado al mismo cielo, detrás de mí, irá el recuerdo.
Detrás de mí, irá el recuerdo.
Publicado por Alfredo Carrión
Alfredo Carrión Fajardo, nació el 19 de octubre de 1989, en La Habana, Cuba. Estuvo rodeado siempre por una numerosa familia, en su mayoría, mujeres. Su infancia fue bien tranquila, viviendo experiencias típicas de cualquier familia común y corriente. Comienza a escribir a la edad de catorce años, siente atracción por los poemas de amor, hechos reales; enamorado de la fantasía, el misterio, la aventura. Se gradúa de Doctor en Estomatología, en la universidad de Ciencias Médicas de La Habana, Facultad de Estomatología “Raúl González Sánchez”. Es enviado a realizar su servicio social en el Municipio de “La Lisa”, en donde se enamora de una chica y dos años más tarde, deciden comenzar una nueva vida en Ecuador. En el país hermano, comienza a trabajar de DJ en una discoteca popular para ganarse la vida, mientras legaliza sus documentos con el objetivo de ejercer su profesión. Una vez culminado ese proceso, inicia su primer trabajo como odontólogo en G-Dental Brands, del Hospital Metropolitano de Quito. Estuvo un poco más de un año ejerciendo en esa clínica, hasta que acepta una oferta laboral de la Flota Petrolera Ecuatoriana en la ciudad de Esmeraldas, provincia en la que actualmente reside. Su relación amorosa llega a su fin. La chica decide irse a los Estados Unidos, mientras él se queda en Ecuador. Meses después, conoce a quien sería su actual pareja y madre de su hija. Toma la decisión de renunciar a su empleo público y abre su propio consultorio, en donde hasta el día de hoy, trabaja. En estos momentos se encuentra cursando su especialización de Endodoncia en Sao Paulo, Brasil. El autor escribe en su tiempo libre y se divierte mientras los hace. Se introduce en un mundo puro y mágico, en el cual, se siente cómodo. Ver todas las entradas de Alfredo Carrión