La almohada que un día sobró.

nubeYa es tarde, tengo sueño, pero no duermo. Su ausencia me enloquece y veo una cabeza para dos almohadas, la tiro porque sobra y no me arrepiento. Me siento en el balcón, y observando el cielo recuerdo cuando mirábamos las estrellas, cuando su pelo era de seda, cuando la tocaba y la amaba, y bañados en sudor teníamos calor. El calor de su aliento y de sus manos, y cuando se mojaba de placer y me incrustaba en sus pechos. Entonces la apretaba, la mordía, y me reía, y decía que era mía, solo mía. Pero el tiempo pasó y la vida se la llevó, se fue de la forma más dolorosa porque falleció. Yo no tenía fuerzas, no aceptaba vivir así, sus caricias ya no estaban y sus besos no tenía. Así que me largué, hacia la otra vida navegué. Entonces la encontré cuando apenas llegaba, vi que me miraba y hacia ella me lancé. Nos miramos en silencio, la abracé y le di un beso, hice el amor con ella en una cama de pétalos y todo fue como antes… Se cuenta que mientras se amaban, revolcándose en la hierba, rodaron por un prado, chocaron con un rosal y cayeron en una laguna, que antes su agua era transparente y ahora se había tornado muy roja. Habían perdido su segunda oportunidad de amarse, pero como su amor era tan puro, tan bello y merecido, la diosa del amor hizo algo: Una almohada grande y mágica los recogió en su lecho para hacer que estos volvieran a verse de nuevo. Cuentan que era la misma almohada que sobraba antes en una cama y que la diosa del amor le dio vida y alas.

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