Maldito calcetín

El color del cielo había cambiado de azul celeste a gris durante ese período de tiempo: se percató Antonio al mirar por la ventana entreabierta de su habitación, en ese lapso de tiempo en donde ponía a su cerebro a trabajar a toda velocidad. El reloj de pared marcaba las seis de la tarde y su entrevista de trabajo tendría lugar en una hora y veinticinco minutos. Aflojó su corbata y exhaló de manera abrupta, al mismo tiempo en que maldecía a su sirvienta. «Tenía que lavar todos mis calcetines, justo hoy»

Continuó su urgente búsqueda y revisó debajo de la cama por tercera ocasión. Lo único que había ahí debajo eran unas cajas polvorientas llenas de revistas y artículos que hablaban acerca de los dinosaurios. Se levantó del suelo, sacudiendo las rodillas de su pantalón de algodón color vino tinto y sin poder contenerse ni un segundo más, lanzó un grito ensordecedor. Las palomas buchonas que habían iniciado su cortejo en el alfeizar de su ventana, echaron a volar de inmediato.

Se le ocurrió mirar dentro del cesto de la ropa sucia. En incontables ocasiones se equivocaba y terminaba colocando la ropa limpia en el lugar de la sucia, así que levantó la tapa de mimbre color crema; pero no había nada ahí. Su sirvienta lo había lavado todo. Antonio se pasó una hora buscando el calcetín rojo sin obtener el resultado esperado. Realizó un barrido por toda la suite, más no era un lugar muy amplio. Simplemente, el maldito calcetín se había esfumado. 

Obstinado el hombre, se sentó en su sofá para recobrar el aliento y tratar de recordar. Se tomaba de la cabeza con ambas manos, cuando Bruno, su perro, se abalanzó sobre él. Llevaba el calcetín en su boca. Antonio se lo arrebató con fuerzas y la prenda se rasgó dejando menudo orificio en la zona donde descansan los dedos. Aun así, se colocó el calcetín, se puso los zapatos, abotonó su camisa, arregló su corbata y sin tan siquiera verse al espejo, agarró su maletín de cuero y salió corriendo a toda velocidad.

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