Lo veo y me pregunto… ¿Cómo puede ser posible? ¿Por qué debe la madre recordarte que en una fecha que ha sido acordada por ambas partes, te toca cumplir con tu responsabilidad de padre? ¿Por qué te pones tan inquieto cuando llega esa fecha, como si fuera una carga demasiado grande que Dios te ha dado y no puedes hacerle frente? Esa miseria que das no es ni la tercera parte de las ganancias que recibes al mes y lo sabes. Muchas veces le has puesto de pretexto a tu exmujer que no ganas lo suficiente. Te pregunto. ¿Realmente crees que tus hijos pueden sobrevivir con lo poco que le das económicamente y lo” casi nada” que le brindas de atención, afecto y cariño? Puedes mentirles a todos, pero no puedes mentirte a ti mismo. ¿No es cierto? O dime, cuánto dinero extra podrías ahorrar, si no gastaras tanto en cigarrillos, en alcohol, en esas fiestas presuntuosas que das; en las opíparas cenas que haces para impresionar a tus amigos y enamoradas; en las prendas que luces, que más que adornar tu cuello, lo hacen ver aglomerado y vulgar. Si destinaras todo ese dinero a tus hijos, ellos vivirían mejor y tú también. Te librarías de esos vicios que corrompen tu alma y envenenan tu cerebro. Sé que te has estado quejando por “tu carga” y que has intentado evadir responsabilidades. ¿Por qué tienes que recibir una citación oficial para recordarte cumplir con tu deber? Después de todo, es tu obligación. Un hombre debe asumir las consecuencias por sus actos. Al fin y al cabo, pudiste haber evitado todo esto si hubieses querido. Un preservativo te saldría más barato que todos estos montos que debes pagar ahora. Pero no lo compraste, ¿cierto? El cálido momento fue imposible de detener y seguiste avanzando; pese a que ella que estaba totalmente enamorada de ti, te dijo que no lo hicieras, que no sin protección, que aún no era el momento. Ahora quieres seguir viviendo tu vida de adolescente. ¡Típico! Te pido que razones. Aún estás a tiempo para ser perdonado, para empezar nuevamente. Nunca será tarde para obtener el cariño de tus hijos. Pero temo, que, si no haces nada, será el fin para ti. Quizás no inmediatamente. Tal vez un accidente de auto, mientras conduces ebrio de regreso a casa, o una enfermedad catastrófica que te deje internado durante días en un hospital, te refresque la memoria; y sea en ese instante cuando una lágrima de arrepentimiento queme tu mejilla y pienses finalmente en tus hijos.